SEXO Y CALOR

sexoEl verano es una época que habitualmente aprovechamos para el descanso y el esparcimiento. Procuramos disminuir nuestro nivel de estrés y romper al máximo con la rutina de la vida diaria. En muchos estudios se ha demostrado que el ser humano necesita periodos de descanso para tener una salud mental equilibrada.

Durante los meses de más luminosidad, las hormonas “se nos revolucionan”. El efecto solar, hace que aumenten los niveles de testosterona (deseo sexual) sobre todo al final del verano. Además, la serotonina y las endorfinas (sustancias que controlan la sensación de placer) pueden aumentar por diversos estímulos como la alimentación, el ejercicio físico y la luz solar. El verano, por tanto, predispone a la mayor liberación de estas hormonas de una manera natural.

Nuestro cuerpo es capaz de segregar ferohormonas, que afectan a nuestro comportamiento sexual, e intervienen en nuestra sensación de atracción por el sexo opuesto. Hay estudios que apuntan que las personas que tiene mayor producción de estas hormonas, tienen un mayor atractivo sexual y las relaciones íntimas son más intensas y con más placer.

Por tanto, parece que el verano, desde el punto de vista fisiológico puede hacernos aumentar nuestro deseo sexual. A esto se puede sumar que tenemos más tiempo, estamos más relajados, el clima de convivencia con la pareja suele ser mejor, las salidas nocturnas son más frecuentes que el resto del año, ingerimos más alcohol que tiene un efecto de desinhibición, etc.

Un estudio llevado a cabo por la FEES (Federación Española de Sociedades de Sexología) ponía de manifiesto que muchos españoles (seis de cada diez) programan sus relaciones sexuales. Por tanto, tienen un día fijo de la semana para llevarlas a cabo. El momento más frecuente es el fin de semana (36%).

Este hecho es un tanto preocupante. Una de las características básicas para que una relación sexual sea altamente satisfactoria para ambas partes es la espontaneidad, la improvisación, la novedad… el ‘no saber que va a pasar o cómo va a reaccionar la otra persona’. En resumen, el ‘factor sorpresa’ es fundamental y, al programar las relaciones, esto se pierde.

Cristina Marisca

Fuente: el mundo.es

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